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sábado, 7 de noviembre de 2015

ALFONSO REYES

 Nace en Monterrey México, el 17 de mayo de 1889; y fallece en el mismo país, el 27 de diciembre de 1959, de 70 años. Hijo de Bernardo y Aurelia de Ochoa, el noveno de doce hijos. Poeta, ensayista, diplomático, pensador, narrador. Reconocido como “el regiomontano universal”; la palabra regiomontano se refiere a que es natural de Monterrey. Su padre fue político cercano a Porfirio Díaz, en ese sentido ocupó varias posiciones políticas. Esto también le permitió a su hijo realizar sus estudios en colegios de Monterrey, en el liceo francés de México, en la escuela nacional preparatoria y en la escuela nacional de jurisprudencia, que luego sería  la facultad de Derecho, en donde se graduó de abogado el 16 de julio de 1913. Antes, en 1909, fundó el Ateneo de la Juventud en compañía de los intelectuales Pedro Henríquez Ureña, José Vasconcelos Calderón, Antonio Caso y otros. Allí se discutía los clásicos griegos, la literatura y filosofía universales y se difundía la cultura. Las críticas al Porfiriato y al positivismo, crearon una revolución cultural en el país. En 1911, antes de graduarse como abogado, publicó su primer libro llamado Cuestiones Estéticas.

Aunque la revolución Mexicana  de 1910 no favoreció a los Reyes, Alfonso tuvo la oportunidad en 1912, ser nombrado secretario de la Escuela Nacional de Altos Estudios, que originó la facultad de Filosofía y Letras de la UNAM (Universidad Nacional Autónoma de México) y dictar allí: historia de la lengua y literatura españolas. En 1913 se reincorpora en la legación de México a Francia y permanece hasta 1914.

Sin duda, marcó la obra de varios escritores mexicanos, incluidos, Octavio Paz y Carlos Fuentes.

Al estallar la primera guerra mundial, se traslada a España y comparte trabajos y experiencias con José Ortega y Gasset, Juan Ramón Jiménez y Ramón Gómez de la Serna; aprovecha para perfeccionar el manejo de la lengua española, que le caracterizó en su estilo.

Lo acusaron de extranjerizante, y para conjurar tal acusación, en 1915 escribe Visión de Anáhuac, en donde muestra su visión lúcida y poética del México pre histórico, que se convierte en lectura obligada en los cursos de cultura mexicana.

En 1927 es nombrado embajador de México para Argentina, en donde impulsó la obra del escritor Jorge Luis Borges. En 1933 se traslada a Brasil y escribe Romances del Río de Enero. Luego volvió a México a una casa biblioteca, hoy museo conocida como Capilla Alfonsina.

Su obra es muy amplia; en la poética fue ampliamente reconocida por sus contemporáneos y en las generaciones actuales; en ficción también intentó pero más escasamente. Muy buen ensayista donde abordó los más variados temas: la teoría literaria, la historia de Grecia, la novela policíaca y las raíces históricas de México. Entre éstos cabe destacar Cuestiones gongorinas (1927), Tránsito de Amado Nervo (1937), La experiencia literaria (1942), El deslinde (1944) y Los trabajos y los días (1946). Fue precursor del realismo mágico. Sus obras completas fueron editadas por el Fondo de Cultura Económica, en 28 tomos.

Fue miembro de la Academia Mexicana de la lengua y del Colegio Nacional; fundador del instituto francés de América Latina y de El Colegio de México (Centro académico más prestigioso del país). Su hábitat fue recorrido por los mejores de su tiempo, entre los que se encuentran, Miguel Ángel Asturias, Alejo Carpentier, Salvador Novo, los hermanos Henríquez Ureña, Xavier Villaurrutia. Candidato cuatro veces al premio Nobel de Literatura; pero su dedicación a la cultura Mexicana y la calidad de su obra, le valieron innumerables premios y la incursión en los anales literarios de su país, en donde influyó en todos los estamentos del mismo, y se sigue considerando, el mejor baluarte mexicano de la cultura.

En poesía: El llanto; Sol de Monterrey; El Descastado; El Mal confitero; Yerbas del Tarahumara; La Amenaza de la Flor; Visitación; entre otras.

EL LLANTO

Al declinar la tarde, se acercan los amigos;
pero la vocecita no deja de llorar.
Cerramos las ventanas, las puertas, los postigos,
pero sigue cayendo la gota de pesar.

No sabemos de donde viene la vocecita;
registramos la granja, el establo, el pajar.
El campo en la tibieza del blando sol dormita,
pero la vocecita no deja de llorar.

-¡La noria que chirría!- dicen los más agudos-
Pero ¡si aquí no hay norias! ¡Que cosa tan singular!
Se contemplan atónitos, se van quedando mudos
porque la vocecita no deja de llorar.

Ya es franca desazón lo que antes era risa
y se adueña de todos un vago malestar,
y todos se despiden y se escapan de prisa,
porque la vocecita no deja de llorar.

Cuando llega la noche, ya el cielo es un sollozo
y hasta finge un sollozo la leña del hogar.
A solas, sin hablarnos, lloramos un embozo,
pero la vocecita no deja de llorar.

LA AMENAZA DE LA FLOR

Flor de las adormideras:
engáñame y no me quieras.

¡Cuánto el aroma exageras,
cuánto extremas tu arrebol,
flor que te pintas ojeras
y exhalas el alma al sol!
Flor de las adormideras.

Una se te parecía
en el rubor con que engañas,
y también porque tenía,
como tú, negras pestañas.

Flor de las adormideras.
Una se te parecía...
Y tiemblo sólo de ver
tu mano puesta en la mía:
¡Tiemblo no amanezca un día
en que te vuelvas mujer!


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